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sábado, 14 de septiembre de 2013

¡Nos van a madrear, vienen con todo!

¡Nos van a madrear, vienen con todo!

Foto
Elementos de la Policía Federal comienzan el operativo de desalojo de maestros de la CNTE de la explanada del ZócaloFoto Alfredo Domínguez
Arturo Cano
 
Periódico La Jornada
Sábado 14 de septiembre de 2013, p. 5
Faltan dos horas para el desalojo. Azael Santiago Chepi, ex secretario general de la sección 22 del SNTE, mira el muro azul de policías federales y alza los hombros, resignado: Nos van a madrear, eso que ni qué. Vienen con todo el aparato.
Un poco antes, los líderes de la coordinadora han hablado con mandos policiacos. Les dan dos horas. Los dirigentes pasan al lado de las vallas metálicas tras de las cuales está parado Chepi (ya volví a mi escuelita en la Mixteca) y se acercan a un grupo mayor para dar el informe.
A espaldas del ex dirigente de la 22, el Zócalo se mira semivacío. Muchos maestros se han ido. La plaza es un reguero de papeles, mecates y trozos de plástico. No venimos por los espejitos que nos quieren dar. Venimos a defender nuestros empleos y el pan nuestro de cada día.
Las cavilaciones del ex secretario general son interrumpidas por una consigna que sale de la bolita que rodea a los actuales líderes: ¡Ni un paso atrás, ni un paso atrás.
Así será, dice Chepi, porque los maestros ya entendimos que esta no es una jornada de lucha más, es la última batalla.
Unos minutos antes, el comisionado de la Policía Federal, Enrique Galindo, ha dicho que encontró buena disposición de los maestros y que esperarán un par de horas mientras ellos deliberan.
La discusión tiene lugar bajo una de las grandes carpas que los maestros usaron para guarecerse de la lluvia en su plantón de casi un mes. Termina con el mismo grito de ni un paso atrás. Rubén Núñez, secretario general de los oaxaqueños, se da tiempo para tomarse la foto del recuerdo con algunos de los integrantes de su comité ejecutivo. Alzan los puños y sonríen para la foto, pero las suyas son sonrisas nerviosas.
Del repliegue táctico a la desbandada
La historia había comenzado en una asamblea convocada a las cinco de la mañana, en el local del SME. Durante varias horas se debatió si levantar o no el plantón. Cerca de las nueve, Núñez, el secretario general, informó que la Secretaría de Gobernación había dado un ultimátum para levantar el plantón. La asamblea reventó entre gritos de: ¿Qué hacemos aquí entonces? ¡Vamos con nuestros compañeros al Zócalo!
Los dirigentes pedían calma. Vamos a analizarlo, compañeros. ¡Nada de analizar, cállese, y ustedes van por delante!.
Así es como lo que pudo ser un repliegue táctico termina en desbandada.
Se nos impusieron las divisiones, los sectarismos, las revanchas internas, dice un profesor veterano.
Es cierto que a la hora de la entrada de la Policía Federal, poco después de las cuatro de la tarde, ya casi no había maestros en la plaza. Claro, fue un desalojo a helicopterazo limpio. Todas las calles cercanas a la Plaza de la Constitución se llenaron de policías federales y los helicópteros sobrevolaron durante horas, a ratos muy bajito, sobre el campamento de los maestros. Nunca había visto el pánico colectivo, resume el mesero de un restaurante frente a la plaza. En vano, una docena de profesores, armados sólo con un megáfono, trataban de levantar el ánimo de quienes se resistían a marcharse al grito de “¡Zapata vive…!”
El día que no hubo Centro
Entre tiendas de campaña y mochilas abandonadas, Fernando Soberanes, uno de los líderes históricos de la 22 dibuja la situación con cuatro palabras: Está de la chingada.
Soberanes, con larga experiencia en educación bilingüe y bicultural, habla mientras humean los montones de basura: Ya impusieron las leyes. Pero ahora vienes los planes y programas y, claro, la operación, que está en nuestras manos. Y ahí es donde debemos estar, con los padres de familia, en diálogo, en consulta permanente.
Al cumplirse el plazo dado por el comisionado Manuel Mondragón y Kalb, esto es lo que se mira desde la esquina de 16 de Septiembre: un grupo de maestros se toma la foto del recuerdo como si nada ocurriera; chavos vestidos de negro buscan cuanto objeto pueda ser útil para una barricada; varios maestros doblan con mucho cuidado un toldo de plástico azul, y el padre de la patria (un señor que hace el papel desde hace meses y que, para el efecto, incluso se rapó la frente) renguea entre anarquistas con todo y el estandarte de la Virgen de Guadalupe.
Las calles del Centro Histórico están irreconocibles, tal como lo había avisado, horas antes, una vendedora ambulante a los despistados que salían del Metro Allende: ¡No hay centro, señores, no hay centro, todo está cerrado!
La entrada de las fuerzas federales a la plaza mayor se consuma en apenas unos minutos. Algunos grupos de chavos lanzan piedras y botellas, e incluso algunas molotov que se ceban.
Los escarceos más serios ocurren más allá, en las inmediaciones de la Alameda. A los ciudadanos que reclaman la PF les responde con polvo de extintores de incendios. Varios centenares de maestros de Oaxaca son atrapados por la policía en el Eje Central. Un bloque de granaderos les sale al paso por Venustiano Carranza y otro por 16 de Septiembre. Los arrinconan contra las cortinas metálicas de los comercios cerrados. Y sólo los dejan salir, formados, cuando van mostrando sus credenciales de maestros. El que no tiene credencial se queda.
Las pantallas y la clase política celebran la limpieza del operativo (32 detenidos y 40 lesionados no son nada). Mucha suerte, desea una televisora al comisionado Mondragón. El PAN reclama la tardanza del gobierno federal y un sector del PRD condena el desalojo, bendecido días atrás, en un arrebato nostálgico, por su presidente Jesús Zambrano.
Justo este día, el gobierno federal invita a los mexicanos a compartir una imagen donde demuestres tu amor y orgullo por nuestro país.
Algún maestro oaxaqueño podría proponer las botas de los granaderos sobre las tortillas regadas y el letrero pisoteado donde se alcanza a leer: Cocina de la región Tuxtepec.
Porque la imagen fija en las mentes de los maestros será que antes que el primer Grito de Peña Nieto, y para que fuera posible, en el Zócalo tronaron las aspas de los helicópteros

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